Nuestra infancia.

La tahona

"Recuerdo que hace tiempo, creo que antes de nacer..."

A mis casi 35 años he visto cambiar nuestro pueblo en todos los sentidos, y me viene a la imaginación esa vela que se va apagando y son muy pocos los que le echan cera para poder mantener desesperadamente la llama.

Recuerdo un patio de escuelas abarrotado de niños, donde los partidos de fútbol duraban una semana y casi un centenar de madres les llevaban "el recreo".
Vienen a mi mente imágenes de carreras para salir de la escuela, de rezos al empezar la clase, de trabajillos en el jardín, de cargar con cascaras de piñones para calentarnos en la estufa, que además suponía un grato premio cuando te mandaban a aquel cuarto que servía de almacén, siempre encontrabas piñones entre los cientos de kilos de cascaras, que comías rápidamente para no tardar demasiado y que no te echara la bronca el profesor: Don Carlos, Dña Aurora, Don José Luis...

El patio no tenía verjas, las pusieron años después. Recuerdo aquella reguera que estaba enfrente de mi casa, donde ahora está el centro médico, con una alcantarilla que servía de mostrador; a Enrique le gustaba ser el tendero, y nosotros le comprábamos pollos, que eran canteras, y le pagábamos con envases de Superflash. Estos "flases" vacíos siempre nos dieron mucho juego, el pueblo estaba lleno, los había por todas las esquinas, los recogíamos y los golpeábamos poniéndolos unos encima de otros dándole forma de cometas, que después atábamos a la bici y arrastrábamos por las calles.

En ese patio jugábamos a todo, tres en raya y a los puntos en la sombra de las casas de los maestros, a las esquinas, a los toros, a pillar, al fútbol y al baloncesto en unas canastas que nos hizo el herrero del pueblo; por supuesto, el suelo era de tierra y el balón era difícil de controlar pero allí jugamos durante años.
Se llenó de arena de río, una arena suelta que era perfecta para hacer circuitos de carreras de chapas con nombres de ciclistas.
Se empezó a pavimentar el pueblo y, en la nueva superficie,  dibujábamos campos de fútbol para jugar con estas chapas, dos porterías echas con una caja de Tulipán partida en dos y un garbanzo por balón. Recortábamos papeles y las decorábamos con nuestro equipo favorito. El Athletic de Bilbao siempre fue el mío, la Real Sociedad el de Toni, mi vecino; el derbi vasco también estaba asegurado en Tarazona.

Los juegos estaban organizados por temporadas que nunca supe cuando empezaba una y acababa otra, las peonzas, las chapas, las bolas, el clavo,... eran los principales juegos. Acababa el clavo y empezaban las peonzas, y así sucesivamente.
Jugábamos al fútbol con dos piedras por porterías o al minifúbol en los bancos de la plaza del ayuntamiento cuando éramos pocos.
Por la tarde-noche jugábamos a las esquinas, a lunes- martes- miércoles..., en las escaleras del ayuntamiento (antiguo centro médico), al cinto, a la cuerda, al burro, al escondite en la "Hermandad", a la goma, a policías y ladrones,... ¡¡¡Buff!!! nunca pensé que tuviésemos tantos juegos.
Siempre nos gustó el fútbol, los mayores solían jugar en la calle al lado de las escuelas y nos pasábamos horas jugando con ellos allí, después de cenar.
También al baloncesto con las letras metálicas que había en la Hermandad: "CAMARA AGRARIA LOCAL", la GR era la canasta.
Jugábamos con canastas fabricadas con madera y ruedas de bicicleta; y es que siempre había manitas que construían una, los menos habilidosos las hacíamos de colgar con tablero y aro, pero en nuestro pueblo los había muy apañados y eran capaces de construirlas con mástiles y todo.

Juan Luis era el más mañoso, un tipo peligroso que vivía en el Arrabal y del cual todos preferíamos ser sus amigos... (Colleja ganada por escribir ésto).
Era un tipo fuerte, fibroso, puro nervio, que hablaba a toda velocidad, hasta el punto de trabársele la lengua; llegamos a pensar que tenía un idioma propio.
Son muchos los juegos que compartí con mis amigos del Arrabal, José Félix, Carlos, Jesus y, por supuesto, con el jefe de todos ellos, Juan Luis, que imponía su ley.
Años después nos dimos cuenta de que no es tan fiero el león como lo pintan y que es una gran persona (Espero que con esto lo arregle y me libre de la colleja...).

Íbamos a misa todos los domingos, obligados por padres y profesores, para después tomar un jariguay (vasito pequeño de coca-cola o fanta) con 15 pesetas de aceitunas en el bar.
Nos preparábamos para tomar la Comunión, un acto mucho más solemne de lo que es ahora; los niños recitábamos un verso en el altar que previamente habíamos preparado en clase, para después salir en procesión; todavía recuerdo el verso que me tocó a mi.

El verano era la mejor época del año, meses que se hacían largos pero intensos. Nos bañábamos en el río, jugábamos en la alberca, en la cooperativa, en el basurero (No se ni cómo estamos vivos...), en los pinares, en cualquier cima de alpacas o corralón.
La alberca que había a las afueras del pueblo era, además de un foco de infección, poco menos que un vertedero, uno de los paraísos para nuestros juegos. Siempre nos contaron que allí, en su pequeña presa artificial, se ahogó una niña, pero ésto no nos disuadió para alejarnos de ese lugar tan sucio. El caso es que nos pasábamos las horas allí tirando piedras al agua, haciendo barcos, cazando ranas y grillos en sus alrededores, corriendo para asustar a los patos de Manolo, jugando con el barro e incluso patinado cuando se helaba en invierno.

La bici lo era todo; soñábamos con tener motos y tratábamos de imitar su ruido poniéndole una botella aplastada en los radios, o una cuerda en el manillar cuando queríamos que fuese un caballo. ¡¡¡Qué golpes nos pegábamos intentando conducir de esta forma!!!.
Ir con la bici a Torrecilla era una de las mayores aventuras que se podía experimentar, algo prohibidísimo por nuestros padres.
También íbamos a jugar a los alrededores de la bodega, en el camino que lleva hasta allí hay dos pequeños barrancos a los lados del camino, donde hacíamos toboganes, lo llamábamos "las cataratas del Niágara", sería por la espectacularidad de la pendiente... poco más de tres metros. Con Isma pasábamos muchísimas tardes allí.

San Miguel marcaba el fin del verano. Recuerdo a los "mayores" (no tendrían ni 18 años) cantando por la puerta de mi casa toda la noche, de entre todos ellos siempre me gustaba un tipo que cantaba canciones de OBUS: "vamos muy bien, borrachos como cubas y qué, aún nos mantenemos en pie y ya no pararemos hasta no poder ver, hasta no poder ver..."  Llevaba pantalones vaqueros rojos, ceñidos, pelo largo y rizado, al que llamaban Faus. El tipo más fuerte del pueblo, o por lo menos ese era el mito; se contaban mil batallas sobre el que ahora es un buen amigo mío. Creo que él, sin darse cuenta, nos metió el amor por el Rock y su mensaje en la cabeza, todavía no he podido sacármelo ni quiero.
Los toros, los bailes sentado en unos bancos que ponían  delante del escenario en el viejo salón, todavía sin reformar.
Las peñas llenas de jóvenes hasta el amanecer, su olor a ramas de chopo "ramera", tabaco y alcohol, su música a toda pastilla en viejos altavoces, el frío de esos días, el robo de cortinas para protegerse de un frío que no conseguía hacer decaer la fiesta...

La víspera de San Pedro, la segunda festividad del pueblo, se colocaba el mayo, recuerdo ver a los quintos picando, el olor de la corteza de aquellos chopos mezclado con el de las damajuanas de kalimotxo y cerveza. De entre todos ellos me viene a la memoria Maxi, siempre se apuntaba para picar el agujero del mayo, a pesar de ser mayor,  Juan "el canario", Narci, Sergi, Kiko y muchos otros, una gran cuadrilla de chicos y chicas; creo que a partir de ahí se empezó a perder la ilusión por esta fiesta.
Los bailes abarrotados de este día marcaban la principal atracción.

En San Isidro, hacíamos cola en la "Hermandad" para que los agricultores nos dieran galletas y dulces con un vasito de limonada; a veces nos dejaban repetir, y lo que nos sobraba lo llevábamos a casa.

La falta de nacimientos, la emigración, la falta de oportunidades nos han llevado hasta donde nos encontramos, un pueblo que será muy difícil pueda ofrecer infancias como las nuestras a los escasos niños que se crían en él. Estoy muy orgulloso de haber vivido esos años en Tarazona, y ahora nos toca a nosotros marcar el camino, aunque sea el de la puerta de salida de nuestro pueblo.
Años después nos llamaron la "Generación X", la última generación que supo valorar la vida en el pueblo, que jugó y trabajó cogiendo pepinos, la que sembró, abonó, entresacó, escardó, cosechó... y "cambió lluvias" en vacaciones para ayudar en el sustento de su familia, sin cumplir la mayoría de edad. La generación que después de muchos años, tubo que volver a emigrar y aprender a convivir con la "morriña". La que se vistió de soldado por obligación. La última con un televisor en blanco y negro, la que alucinaba con "La bola de Cristal"... 
"Cuando fuimos los mejores...".

1 comentario:

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